Noticia: Pity, voz de Viejas Locas y último referente del aguante argentino fija su lugar en el mundo


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Todo sigue igual. Fachi, Abel, Pity y Pollo, rockers suburbanos hasta las últimas consecuencias.

Revientan Obras de gente, sus remeras parecen el nuevo uniforme de la escuela secundaria y sus letras levantan polémica en los talk shows televisivos. Los Viejas Locas pasaron de colarse en River a telonear a los Stones y son tal vez el último reflejo de la era chabón en la cultura rock. Mientras tanto en el 2000, otra historia comienza…

Todo lo que me gusta es inmoral, ilegal o engorda. La frase pintada en la heladera de la sala de ensayo de Viejas Locas no pertenece a ninguna de sus letras. Simplemente, suscriben a la idea y allí está garabateada. Es el primer día “laborable” (Pity, Fachi, Pollo y Abel, dejaron sus trabajos de changarines a partir del segundo disco) después de dos Obras al hilo y la fajina consiste en el lustrado de guitarras y bajos. “Hoy me desperté sin saber que día ni que hora era” se despereza Pity Alvarez, cantante, guitarrista y vocero. “¿Quieren hacer fotos?. Yo tengo un lugar buenísimo”. En un segundo, los cuatro Viejas Locas, cronista y fotógrafa están dentro de un Chevy azul , atravesando la indómita Ciudad Oculta. “Esto es re hip hop”, dice Pity al volante, como sinónimo de “pesado”. Y si esto no es el Bronx porteño…
“¿Qué les parece?”. Un descampado termina en dos edificios gemelos, enormes, proyecto de hospital abandonado tras la caída del peronismo en 1955. Los mismos que en forma de escenografía de papel, mudaron como fondo para sus shows en Obras. El paisaje real, en fin. “Ahora no vive nadie, salvo los que no tienen ni chapas” explican mientras los que no tienen ni chapas les traen a los hijos para que los besen, los saluden o se cuelen en las fotos. “Con ustedes, la mejor” dice un padre veinteañero dándole el pasaporte de libre acceso al territorio marginal. Sobre los edificios, sin que la lógica indique como se pueda haber hecho, una pintada dice “Viejas Locas, rock and roll” a la altura de la terraza. “Fui yo” dice orgulloso Pity. “Veníamos de tocar con los Stones y me fui con dos pibes de la villa, un palo de escoba y un rodillo. Quedó bueno, ¿No?”.
Con tres discos (Viejas Locas, Hermanos de Sangre y Especial) que suman 90 mil unidades entre los tres, esta banda del sur de la ciudad quedará como testimonio del hedonismo de tetra brik que marcó a fuego los años que pasaron. Ello son, más que nadie, la unidad básica musical del chabón. “A mí me pegan esas cosas”, vuelve Pity, ¿De qué voy a hablar en las letras?. Hay muchos que prefieren mirar el cielorraso para no ver la mugre del piso. Pero por ese lugar que pasamos recién (Ciudad Oculta) podés hacer 10 canciones nada más que yendo a golpear casa por casa. Y como me muevo por esta zona, compongo desde acá”
–¿Pero estás en una banda para quedarte acá o te gustaría cambiar de vida alguna vez?
–Si alguna vez llego a ver billete y me paseo en limusina, la gente se va a enterar porque voy a escribir sobre eso.
–¿Eso afectaría tu credibilidad callejera?
_ Y…me van a tener que creer…Así como me creen ahora. Para la gente soy un ídolo y para la TV, un terrorista. Qué se yo…
“Y ya lo ve, y ya lo vé, es para Chiche que lo mira por tevé”. El viernes por la noche, en Obras, los fans estallaron en un cantito dirigido al conductor televisivo. Un mes atrás, Gelblung preparó un programa en el que se preguntaba si las letras de Viejas Locas no eran una apología a las drogas. La acumulación de remeras del grupo a la salida de un boliche donde fue a buscar a su hija, le dieron a Chiche la pauta de un fenómeno. “Yo vivo en un barrio donde pobreza, droga y delincuencia hay cada tres pasos. No veo lujos ni autos tapizados. Capaz que se cree que eso es apología, pero nosotros no le decimos a la gente ‘drogate’, ‘dispará’, ‘no trabajés’
En todo caso, lo que dice Viejas Locas es “Legalícenla”, un reggae bluseado en el que llevan adelanta una defensa homeopática del cannabis. “Traté de hacer un pedido diplomático, sin puteadas ni la palabra marihuana. La policía en vez de correr a los narcos se la agarra con el pobre pibe que fuma o se toma una cerveza en la esquina. Y tampoco se le puede echar la culpa a la cana: por dos mangos que ganan no van a andar coheteándose con cualquiera”, resuelve Pity según su punto de vista.
Alimentados en una estricta dieta de Rolling Stones a la que intentan agregar valores proteicos como el reggae, el funk y el pop, los cuatro Viejas Locas estaban entre los cientos que trataban de colarse en las largas colas previas al debut argentino de los Stones en el 95. Tres años después, eran teloneros de la banda de sus amores. En el medio, habían sido fichados para la escudería Polygram que vió en ellos la continuidad del éxito que ya habían probado con 2 Minutos y La Renga. El sello, entonces, invirtió fuerte en segundos de radio con “Perra” y hasta les puso un productor de lujo (Nigel Walker, el que grabó El amor después del amor para Fito Páez) para potenciar su tercer álbum. Para ellos, todo sigue casi igual. “A mi me encantaría armarme una casita en el Tigre, pero por ahora no llego ni a palos”, confiesa Pity.
Lo que en el 95 era simpático (2 Minutos y su hit “Sos buchón”) se volvió en los últimos años de los noventa casi un estorbo para el establishment rockero. No sólo Juanse (afectado especialmente por el ascenso de Viejas Locas y la caída en gracia de los Ratones) sino también Andrés Calamaro, Gustavo Cerati, Fito Páez y hasta los bluserísimos Adrián Otero y Bobby Flores apuntaron en alguna oportunidad sus dardos hacia el “rock chabón”, culpándolo de vulgarizar y futbolizar las posibilidades artísticas de la música local. Y Viejas Locas resume este malestar: ilustran la tapa de un disco con un sandwich de salchichón y ofertan un repertorio de corto vuelo.
–¿Quedarse tanto en la esquina no esconderá la falta de potencia artística?
–Estoy de acuerdo que en el 2000 no podés tocar rock igual que Chuck Berry. A mi también me parece copado incluir samplers, es un caballo en el que algún día nos vamos a subir. Pero eso no va a impedir que yo siga contando las cosas tal cual, sin metáforas. Ese es mi arte. Punto.
El viernes por la noche, Carlos “Lobo” Cordone (el delantero de Rácing que festeja sus goles mostrando una remera del grupo) estuvo agazapado en la platea de Obras y el sábado, Germán “Mono” Burgos dijo presente para cantar su versión de “El Hombre Suburbano” (Pappo). Pero la banda prefirió ir al camarín a festejar con sus novias bailando Clandestino (Manu Chao) antes que cholulear con los cracks. En Obras cinco mil voces se sumaron al estreno del video de “Homero”, coreando la melodía al tiempo que dos pantallas reproducían el clip de Diego Rugger, blanco y negro pos-Mundo Grúa, en la línea del propio “Aunque a nadie ya le importe”. Acá, Homero es un obrero treintañero, que vive en un monoblock, tiene mujer e hijo y termina siendo parte de un ensayo con asado de Viejas Locas.
Créase o no, el grupo tuvo que costearse el rodaje con su propia plata y recién ahora lo negociará con su propia compañía, la multinacional Universal. “Nos tratan como si fueran una patronal. Espero que puedan leer que nos quedan dos discos por contrato y que si no colaboran, vamos a hacernos el bolsito. Hicimos “Homero” por una identificación con nuestro público. Ellos son todos potenciales Homero y nosotros somos los obreros del rock”.

Nota de José Bellas para suplemento Si – Clarin

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